El feminismo no discrimina a los hombres. Dada la naturaleza del movimiento, son los hombres quienes deben aprender a asumir un rol meramente de apoyo y solidaridad frente al feminismo. Los hombres no pueden ser “feministas” propiamente, pues ellos no pertenecen a clase oprimida, sino a la clase privilegiada (dicho esto desde la perspectiva del sistema contra el que lucha el feminismo, que es el patriarcado). Pero los hombres sí pueden llamarse “aliados del feminismo”, en tanto se solidarizan con la causa.
Sentirse discriminado por esto es no notar la incongruencia que implica el que los hombres tomen el espacio que pertenece y debe pertenecer a las mujeres.
Decirse “hombre feminista” es incurrir en la elemental paradoja de adueñarse del espacio de las mujeres. Si te sientes ilegítimamente discriminado por ello, lo que está pasando posiblemente es que tu educación patriarcal te enseñó, como hombre, a nunca ocupar un papel secundario, a ser el dueño de los espacios y de la voz.
Estás acostumbrado a que tu condición de hombre no sea nunca una razón para tener una participación no-protagónica en el escenario público y, por lo mismo, no te das cuenta de que en este caso debes aprender a humildemente hacerte a un lado. Estás acostumbrado a estar en el centro y a no ser hecho a un lado “por ser hombre”.
Otra cosa es que sufras discriminación por otro tipo de condiciones sociales (económicas o de origen étnico, por ejemplo). Que seas hombre no quiere decir que vivas “una vida de privilegios” habida cuenta de todo. Lo que quiere decir es que tu condición de hombre no representa, en la cultura patriarcal, una razón relevante para despojarte de oportunidades y derechos.
Los hombres no deben adueñarse del espacio feminista. Deben asumir su papel de aliados cooperando silenciosa y modestamente “tras bambalinas”.
Si eres de los que acostumbra a señalar cómo “el patriarcado afecta a los hombres” cada vez que surge una discusión sobre feminismo, entonces no has superado tu androcentrismo: continuas colocando a los hombres en el centro de la discusión y, en vez de ayudar a la lucha feminista, robas el espacio y lo masculinizas, volviéndolo sobre los problemas de los hombres. Eso -lejos de poder llamarse feminismo- no es sino la reiteración de la cultura patriarcal que deja de lado a la mujer y hace que todo gire en torno al hombre.
Cuando estás acostumbrado al privilegio, es fácil y probable que las exigencias de igualdad las asimiles como opresión. Y es entonces cuando los hombres, al no estar acostumbrados a ocupar un lugar secundario, tienden a sentirse excluidos de un movimiento que sencillamente no les pertenece, de una lucha en la que no les corresponde -no pueden- ser el rostro de la opresión, ni los dueños de la voz. Pero cuando se sientan así, sólo deben reflexionar más auto-críticamente y percatarse de que son solamente sus susceptibilidades patriarcalmente condicionadas lo que les genera malestar, lo que detona la sensación de exclusión y discriminación.
El papel del buen aliado feminista es ser solidario sin buscar protagonizar. Ello no significa dejar de denunciar al patriarcado y sus perniciosos efectos. Pero exige que se aprenda a hacerlo en los demás ámbitos de discusión y espacios sociales donde los hombres sí pueden tener una participación activa.
Lo que aparece en la imagen más abajo es sólo una muestra del absurdo al que conlleva que los hombres se adueñen del espacio que pertenece -por obviedad- a las mujeres.

