Se trata de un pseudo-argumento al que a veces se le llama “falacia desde la falacia”. Irónicamente, desestimar una afirmación reputándola falsa por ser el producto de un razonamiento ilógico es en sí mismo un error de razonamiento.
Como sabemos, una argumento es una serie lógicamente entrelazadas de proposiciones de las cuales unas hacen las veces de premisas y otra más hace la veces de conclusión. Ese lazo lógico entre premisas y conclusión, en el caso particular de los argumentos deductivos, supone – de manera condicional, nótese – que si las premisas son verdaderas, entonces la conclusión será necesariamente verdadera. Pero esto de suyo implica que si las premisas no son verdaderas, la conclusión podrá o no ser falsa.
Así pues, la logicidad de un razonamiento de cierto modo garantiza que la verdad de las premisas “se transmita a la conclusión”, válgase la metáfora. Pero su ilogícidad de ningún modo informa la verdad o falsedad de su conclusión. Justamente el valor de la lógica radica en que la conexión deductiva entre premisas y conclusión es garantía de verdad de la segunda, dada la verdad de las primeras. Pero que no exista conexión deductiva entre premisas y conclusión no dice nada acerca de la verdad o falsedad de la segunda.
Así pues, el argumentum ad logicam consiste en declarar que una afirmación es falsa por el hecho de ser el producto de una razonamiento falaz.
Veamos un ejemplo:
Persona A: Los cubiertos se guardan en el primer cajón de la alacena (premisa 1); Este tenedor, al ser de porcelana, no es un cubierto (premisa 2); Por lo tanto, este tenedor de porcelana no se guarda en el primer cajón de la alacena (conclusión)
Persona B: El argumento de “A” es una falacia de negación del antecedente. La conclusión, no se sigue de las premisas. Por lo tanto, este tenedor de porcelana sí se guarda en el primer cajón de la alacena.
En efecto, B tiene toda la razón en lo relativo a la invalidez del argumento de A. Examinemos dicho argumento con detenimiento para percatarnos con claridad de este punto. Haremos, eso sí, una ligera simplificación y replanteamiento:
- Si es cubierto, entonces se guarda en la alacena;
- No es cubierto;
- Por lo tanto, no se guarda en la alacena
Sean A: «Es cubierto» y B: «Se guarda en la alacena». Luego, la forma del argumento es:
- A–>B
- ¬B
- Por lo tanto, ¬A
La invalidez de este argumento se muestra con la siguiente tabla de verdad:
A | B | ¬A | ¬B | A–>B | (A–>B)&(¬A) | [(A–>B)&(¬A)] –>¬B |
V | V | F | F | V | F | V |
V | F | F | V | F | F | V |
F | V | V | F | V | V | F |
F | F | V | V | V | V | V |
Como se ve, existe la posibilidad de que -aun siendo verdaderas las premisas- la conclusión sea falsa (caso 3 de la tabla). Por lo tanto, B esta absolutamente en lo correcto al denunciar que el razonamiento de A es equívoco, falaz. Sin embargo, el paso ulterior que realiza B en su propio razonamiento, esto es, el de inferir a partir de dicha invalidez la falsedad de la conclusión de A, es igualmente un equívoco.
El hecho de que la conclusión no sea necesariamente verdadera a pesar de que las premisas lo sean no significa que la conclusión sea falsa, ni mucho menos necesariamente falsa. Bien pudiera ser el caso de que el tenedor de porcelana, aun no siendo cubierto, sí se guarde en la alacena. Moraleja: la validez de un argumento es un asunto sintáctico: queremos saber si la conclusión es consecuencia lógica de las premisas. Pero que dicha conclusión sea verdad o no, es una cuestión diferente. Es una sobre la que poco podemos decir a partir de la mera evaluación sintáctica del argumento.
