Considérense los siguientes argumentos:
a) Si pudiéramos creer a voluntad, entonces podríamos creer algo a sabiendas de que es falso. Pero no podemos creer algo a sabiendas de que es falso. Luego, no podemos creer a voluntad.
b) Si pudiéramos engañar a voluntad, entonces podríamos engañar sin reportar un valor de verdad opuesto al que corresponde a lo reportado. Pero no podemos engañar sin reportar un valor de verdad opuesto a lo reportado (i.e. no podemos engañar a alguien diciéndole que es verdadero lo que es verdadero o que es falso lo que es falso). Luego, no podemos engañar a voluntad.
Si una actividad, acción o práctica está dirigida a un fin o «pretende» un fin (por ejemplo, la creencia «pretende» verdad) ¿Nos dice eso algo acerca de su voluntariedad?
Que las creencias están dirigidas hacia la verdad ¿nos dice algo sobre su voluntariedad? Si lo hace, entonces que el engaño esté dirigido a la «tergiversación de la realidad» (permítaseme la expresión) ¿Nos dice algo sobre su voluntariedad?
Si yo al engañar dejo de «pretender tergiversas la realidad» quizás he abandonado el juego del engaño. Pero que el engaño tenga o no una determinada dirección o pretensión ¿condiciona su voluntariedad? ¿Qué acaso engañar no es algo que hacemos a voluntad?
A la luz de lo anterior, ¿es «a» un buen argumento a favor de la tesis de la involuntariedad doxástica, esto es, de la involuntariedad de las creencias?
