Argumento por Analogía

De manera general, un argumento por analogía pretende mostrar que los elementos de una clase comparten un acervo determinado de propiedades y afirma que existe una segunda clase de elementos que guardan una estrecha similitud con los primeros en tanto se observa en ellos las mismas propiedades. Es decir, el objetivo de todo argumento por analogía es el de establecer que dos hechos, sujetos o situaciones son pertinentemente similares. Así, podemos decir que la estructura general de un argumento o razonamiento por analogía es más o menos el siguiente:

Prem. 1) X tiene las propiedades A, B y C

Prem. 2) Y tiene la propiedades A y B

Conclusión 3) Y probablemente tiene la propiedad C

Lo que pretende el razonamiento por analogía es, pues, establecer inductivamente que un objeto posee una propiedad determinada en virtud de que comparte una serie relevantemente similar de propiedades con otro objeto que a su vez posee la propiedad esperada en el primero. Veamos un ejemplo:

Prem. 1) “Jackie Brown” y “Perros de reserva” son películas de Quentin Tarantino y me han gustado mucho;

Prem. 2) “Tiempos violentos” es una película de Quentin Tarantino;

Por lo tanto…

3) “Tiempos violentos” también me gustará.

Si reflexionamos con detenimiento sobre el anterior acervo de proposiciones, notaremos que el argumento no es de orden deductivo, sino inductivo. Es decir, es perfectamente posible que la conclusión sea falsa a pesar de que las premisas sean verdaderas. La conclusión es, en el mejor de los casos, probablemente verdadera aun si las premisas son verdaderas. Lo que se hace con este razonamiento es atribuir un objeto una o más propiedades conocidas de otro objeto al constatar que ambos comparten propiedades algunas de sus propiedades. Pero la propiedad atribuida mediante el paso inferencial no está constatada en el objeto de la atribución a la manera en que sí lo está en su pretendido análogo.

El analógico es un tipo de razonamiento ubicuo en los contextos cotidianos. Es una forma no-deductiva de hacer inferencias que aplicamos en la vida diaria y quizás con buen margen de éxito en la generalidad de los casos. Pese a no ser un tipo de razonamiento certero y categórico, es razonable y conveniente recurrir a ella en la cotidianidad. Por ello no es considerado una forma de falacia. Sin embrago, es importante ser precavidos al hacer analogías, pues podemos incurrir en una falacia si la similitud entre los objetos puestos en relación es débil. Cuando esto ocurre, decimos que estamos ante una falacia de analogía débil.

La fuerza de un argumento analógico depende, en líneas generales, de que: a) entre los objetos colocados en relación haya suficientes propiedades en común; b) que dichas propiedades sean relevantes para la propiedad que se pretende atribuir; c) que no existan diferencias relevantes, es decir, de suficiente peso entre los objetos colocados en relación. Veamos un ejemplo de analogía débil:

  1. El agua está compuesta por H20. El agua oxigenada está compuesta por H202. Si beber agua no te hace daño, beber agua oxigenada tampoco te hace daño.

Como se ve, este argumento sería una muy mala analogía pues no existen suficientes propiedades en común entre el agua y agua oxigenada. En efecto ambos compuestos se forman a partir de de hidrógeno y oxígeno, pero eso no basta como propiedad común y, más aun, no salva el hecho de que las diferencias en su composición dan lugar a propiedades relevantemente diferentes entre ambos compuestos, especialmente para lo propiedad de «no hacernos daño si los bebemos». Luego, esta es una analogía falaz.

Veamos un segundo ejemplo:

2. Mis hijos(as) son personas de las que cuido y con las que disfruto el tiempo libre. Los hijos(as) de mi novia(o) también son personas de las que cuido y con las que disfruto el tiempo libre. Tengo derecho de decidir qué hacer con mis hijos(as) en términos de esparcimiento, educación y religión. Por lo tanto, tengo el derecho de decidir qué hacer con los hijos de mi novia(o) en términos de esparcimiento, educación y religión.

Nos encontramos ante un razonamiento que ahora coloca en relación a los hijos propios con los hijos de nuestra pareja. Si bien la relación que tenemos con nuestros propios hijos(as) puede tener propiedades comunes con la relación que guardamos con los(as) hijos(as) de nuestra pareja, lo cierto es que a menudo no comparte suficientes propiedades y, sobre todo, no comparte la propiedad de la patria potestad, que es de origen legal y es la propiedad más importante para poder decidir en ámbitos como los de esparcimiento, educación y religión.

Finalicemos con un tercer ejemplo de analogía débil:

3. En el hogar hay proveedores y dependientes económicos. La economía de un país es como la economía del hogar: hay empresas que producen y hay un gobierno e instituciones cuyo ingreso depende de esas empresas. En el hogar quien tiene la última palabra en materia de gastos y ahorros es el proveedor económico. Así mismo, entonces, en un país la última palabra en materia de gastos y ahorros la deben de tener las empresas que son las principales promotoras del ingreso.

Y así, nuevamente nos encontramos con un argumento analógico en el que 1) no hay suficientes propiedades en común entre los objetos puestos en relación; 2) la(s) propiedad(es) común señalada no es relevante para la propiedad que se pretende atribuir; 3) se hace caso omiso de las diferencias relevantes entre los objetos colocados en la pretendida relación.