Sobre la necesaria finitud de la tolerancia

La tolerancia podemos entenderla intuitivamente como la disposición a aceptar convivir con personas que tienen ideas diferentes a las nuestras.

Tolerar no implica “cambiar de opinión”, esto es, convertir la opinión del otro en la opinión propia. Implica reconocer que, a falta de una solución concluyente a una disputa entre dos opiniones adversas, debemos admitir la necesidad de compartir el espacio con personas que sostienen una opinión distinta a la propia y en contra de la cuál no tenemos una refutación plena sino, en el mejor de los casos, contra-argumentos socavantes.

Recordemos que para argumentar en contra de una postura o teoría L podemos formular contra-argumentos que surtan al menos uno de los siguientes efectos:

a) La refutación de L, es decir, la prueba o demostración de que ~L (no es verdad que L); y

b) La socavación de L, es decir, el planteamiento de razones para dudar acerca de la verdad de L, sin lograr con ello una prueba o demostración plena de ~L.

Refutar una teoría supone asestar un golpe letal a la misma demostrando su plena falsedad (o su trivialidad al señalar contradicciones internas en ella, asumida una lógica que integre Ex Contradictione Sequitur Quodlibet o Principio de Explosión). Refutar una teoría implica probar más allá de toda duda su falsedad. Obviamente, esa es una tarea muy exigente y, en la vida cotidiana, en general los conflictos entre teorías o posturas no suelen resolverse por vía de refutación propiamente dicha, sino de mera socavación.

Dado este hecho, en una sociedad plural donde conviven muchas personas que sostienen visiones, posturas o teorías generalmente conflictivas entre sí, y donde la prueba plena de la falsedad de estas es generalmente difícil de lograr, surge la virtud de la tolerancia como amalgama, como mecanismo que nos permite convivir en paz aun pensando de manera diferente.

Esto hace de la tolerancia una virtud esencial para la sana vida pública. La intolerancia es la indisposición a compartir el espacio con quien piensa distinto, es la indisposición a aceptar que personas con posturas, teorías, visiones o, incluso y muy importantemente, estilos de vida distintos al propio compartan el espacio público o formen parte del colectivo social al que pertenecemos.

Es importante, me parece, notar que la delgada línea entre la tolerancia y la intolerancia no radica en que “tolerar” sea “aceptar que el otro tiene la razón”, mientras que la intolerancia es “no aceptar que el otro tiene razón”. Todo lo contrario, como concibo la virtud en cuestión, me parece que ser tolerante es compatible con no aceptar que el otro tiene razón. Pero la diferencia entre tolerancia e intolerancia radica en realidad en dos cosas:

1. El intolerante no admite que sea posible que él mismo esté equivocado; y por ello

2. No está dispuesto a compartir el espacio con el oponente argumentativo.

Es decir, el intolerante se caracteriza por ser intransigente, mientras que el tolerante puede en línea de principio transigir. El tolerante puede pensar que posee argumentos socavantes, pero nunca asume la infalibilidad de su pensar. Una persona tolerante puede estar en desacuerdo, pero el grado de convencimiento con respecto el cuál sostiene su punto de vista no es absoluto. Reconoce, en el fondo, que puede estar equivocado y está dispuesto a admitir, de haberlas, pruebas en contra de su postura o pruebas contundentes en favor de la postura rival, o ambas.

El intolerante pareciera ser más bien alguien que ostenta su postura con un grado irracional de certeza subjetiva. Alguien que, por ejemplo, infra-estima su falibilidad qua agente doxástico, o que no se ha percatado de que sus razones no son plenamente refutantes, sino apenas socavantes.

Las virtudes, como reza la tradición aristotélica, son un punto medio entre un defecto y un exceso. Así, por ejemplo, la virtud de la valentía o coraje se encontraría en el justo medio de un defecto -la cobardía- y un exceso -la temeridad. La valentía podemos intuitivamente comprenderla como una disposición a poner en riesgo el propio bienestar en pos de la salvaguarda del bienestar de alguien o algo más (v.g. un ser querido o una causa o ideal). Una carencia de esa disposición a arriesgarse es lo que habitualmente entendemos como “cobardía”. Del mismo modo, quien asume riesgo desproporcionados o irracionales, podemos decir que es alguien “temerario” o, si se prefiere, “insensato”.

Bajo esta misma tónica, si la tolerancia es una virtud, su correlativo defecto sería -como ya se visto- la intolerancia. Y su correlativo exceso podríamos llamar “hiper-indulgencia”, entendiéndose esta como la perniciosa disposición a conceder excesivas gracias, tratar con excesivo regalo o disimular en demasía las faltas o culpas de otro.

Las virtudes son disposiciones, entendiéndose estas como proclividades o propensiones del carácter de una persona, cuyo ejercicio, exhibición o manifestación tiende a producir el bien. Por el contrario, los excesos o defectos que se encuentra en los extremos del espectro de la virtud son lo que podemos llamar vicios, esto es, disposiciones cuyo ejercicio, exhibición o manifestación tiende a ser moralmente perniciosa, es decir, tiende a surtir efectos moralmente reprobables.

Lo que nos deja todo este planteamiento es que la manisfestación de una virtud como la de la tolerancia es necesariamente finita, en tanto esta es virtud y no vicio. Tolerar, por definición, no implica tolerarlo todo. La tolerancia tiene límites por necesidad conceptual.

Si no tuviera estos límites y se asumiera que la tolerancia es una actitud que debe conservarse ante toda acción, todo discurso o toda ideología, entonces se incurriría en una suerte de paradoja al exigir que, lo que es virtud, funcione en la perniciosa manera en que lo hace el vicio.